Resulta sorprendente la celeridad con la que nacen, crecen y se reproducen las aplicaciones. Las vemos nacer y oimos sus primeras dos palabras: “Hello World!“. Nos emocionamos por ese primer grito de existencia y lloramos de felicidad, les damos de comer con el sudor de nuestros dedos que teclean frenéticamente durante horas cada día.

Poco a poco aprenden a decir otras cosas, a mostrarnos 10 resultados, les curamos los pequeños resfriados causados por pequeños bugs, seguimos su gateo y las levantamos cuando se tropiezan y se dan de morro en el suelo (“Antegrity no vaaaaa!!!“). Les contamos chistes del chiquito y aprenden a decir ‘void Jander()‘.

Pero crecen, entran en la adolescencia, hacen amigos que no conoces y con los que se relacionan (‘te mando un SOAP y si eso ya quedamos para el finde‘), luego se meten a hacer pesas para impresionar a otras aplicaciones, toman proteínas, que si el entrenador personal, que si la esteticién, el asesor de estilo de negocio, el logopeda para corregir ese ‘Jelou Guorl‘ heredado de sus inicios en un despacho de Zaragoza en vez del correctísimo acento de Wisconsin…

Tanta gente alrededor de ese monstruo trabajando a la vez requiere de una buena herramienta de control de versiones para no pisarse. A mi personalmente el artículo La historia del control de versiones me ha parecido interesante como punto de partida al tema.

De todas formas no puedo opinar demasiado del tema, he instalado algunos de esos softwares, pero como no he ido profesionalmente por la rama del desarrollo esa no ha sido mi guerra del día a día.

Yo en mi caso me encargo de convencer al bicho grande que init es un buen amigo, que cuando tenga un mal día no lance mandobles a las demás aplicaciones y, sobretodo, que deje de agarrarme con la cola.

Nota: imágenes originales de un especial sobre la crisis que
publicó El Jueves a principios del 2008, con textos modificados.